El “Bonito” Calimaris y el “Don Guillermo”
El “Bonito” Calimaris y el "Don Guillermo"

Cuanto daría por verte otra vez a orillas del mar más peligroso. Escuchar tus historias y admirar tu soledad que a diferencia de otras que dan pena, la tuya estaba llena de paz. Como quisiera poderte preguntar sobre ese misterio de cuidar un barco que abandonó el destino, que fue destruyendo el tiempo y que vos lo hiciste tan especial. Como quisiera Bonito volverte a encontrar en las arenas de la Playa de las Calaveras, volverte a escuchar…

Llegue rápido a la casa, tomé algunas cosas de utilidad que metí en la mochila y partimos. En el camino levantamos a Mauri y a los pocos minutos cruzamos el arroyo con el agua hasta la cintura.
El sol estaba un poco fuerte y ya picaba un poco, en la ensenada atrapamos varios “tatusitos” para hacer de carnada.
Costeamos unos cinco kilómetros. Las inmensas dunas por nuestra derecha y el enorme y rocoso mar a nuestra izquierda nos fueron acompañando hasta que llegamos a la Playa de las Calaveras.
Enseguida y a lo lejos, el faro se mostró en lo alto de la loma de arena y ranchos que forman el Cabo.
El Polonio es un pueblo muy particular, nació primero como faro a fines del siglo diecinueve y en menos de un par de décadas más tarde se instaló lo que fue la industria lobera trayendo consigo familias en busca de trabajo.
También la pesca tuvo su lugar y fue protagonista cuando el gobierno dio por terminada la última zafra de la caza del lobo y cerró definitivamente una fuerte fuente laboral, la ILPE.
Todavía se pueden ver las instalaciones con sus grandes calderas donde se fundía la grasa y los galpones en donde se guardaban las herramientas de la mencionada zafra.
Son varios los que añoran el uso de grasa fundida en los motores de sus lanchas, es que la de lobo, una vez derretida no se volvía a coagular.
Mucho mas adelante vino el turista con sus berrinches y fueron transformando al Cabo en un balneario rústico y místico como exclusivo.
Aún carece de red eléctrica, salvo el faro, lo que le da el toque más especial que tienen sus noches llenas de música y juergas.
Nosotros caminamos hasta casi tres kilómetros antes de llegar al pueblito, donde alguna vez el “Don Guillermo” apoyó su gran proa naufragando y encontrando su final en abril del año 1952.
Por estos tiempos este lugar se transformó en un referente punto de pesca para sacar corvina negra y hoy solo indicios quedan de aquel gigante que flotaba y una misteriosa leyenda de cargamentos de armas para un golpe de estado en la Argentina de Perón.
Después de una horita y media llegamos, la brisa nos venía trayendo aroma a lobo muerto.
Había algo de bajante y cuando la ola se retiraba dejaba ver una silueta plagada de mejillones, era lo único entero y a veces visible que quedaba del barco, las grandes máquinas que impulsaron a lo que alguna vez fue un gran barco. Los gurises armaron las cañas, yo miraba ya que era un desastre en la pesca.

El “Bonito” Calimaris y el “Don Guillermo”

Me senté tratando de imaginar al “Don Guillermo” entero, sobre la orilla se veían pedacitos de chapa oxidada desparramados como piezas de un enorme puzle. Aunque son muchos más los que aparecen después de una tormenta.
Mauri y Seba encarnaban, yo seguía mirando y recordaba cuando era gurí y vi por primera vez los restos del barco.
Recuerdo que frente a la gran proa oxidada había un rancho de madera extremadamente rústico, de dos aguas con techo de lata, hoy estoy pisando los 36 y nada queda de ése rancho.
- Che ¿vieron ahí atrás? -les dije a mis amigos.
-¿Atrás de dónde?- me contestaron mientras resolvían para donde tirar la plomada, un gran dilema de “pescadores”.
-Allí, atrás de nosotros, antes de la gran duna aquella- me miraron sin entender a que me refería.
-Ahí mismo es donde el “Bonito” Calimaris levantó su rancho- hice una pequeña pausa y continué: -Cuando el “Don Guillermo” encalló en el año 1952 sufrió excesivos robos de los lugareños. Se dice que se arrastraban dunas abajo por las noches para entrar a los camarotes y saquear lo que tuvieran a mano. Los dueños del barco decidieron contratar a alguien del lugar para que cumpla la función de sereno y así fue que el “Bonito” nace como personaje de esta playa, de la Playa de las Calaveras y protagonista de la leyenda más romántica que alguna vez escuché- y arranqué a contarles:
-El Bonito era muy joven por esos entonces, no tenía hijos y era una buena plata la que le habían ofrecido así que se instaló en el barco. En los primeros tiempos dormía dentro de los camarotes del barco, aun entero y reluciente. En el primer año venían obreros contratados por la empresa y trabajaban de noche soldando una de las bodegas.
El “Bonito” nunca pregunto qué era lo que allí ocultaban, si era el barco o había algo más que él tenía que cuidar y no le habían dicho.
Hay varias personas que sostienen que eran las armas que escondían y quedaron selladas para siempre. Ese año le pagaron con dinero, le traían víveres y queroseno tal como habían arreglado.
Pero un día vinieron como siempre lo hacían y al retirarse se despidieron agradeciéndole por el servicio prestado. El “Bonito” vio como sus patrones se alejaban rumbo al Cabo para seguir a Buenos Aires y nunca más volver.
Creo que no quiso entender porque regresó a su camarote, esperó la noche y se acostó hasta el amanecer entre el arrullo del sonido de las olas golpeando el barco y no abandonó su misión.
Pasó una década y él seguía fiel a lo que alguna vez le habían encomendado; dicen que el barco pasó a ser su amigo, su compañero, su razón de existir y que no lo abandonó.
Quién sabe qué juramento le habrá hecho que allí se quedó, protegiendo sus chapas, rodeado del óxido que comenzaba a florecer.
Inviernos y veranos volvían a pasar y siempre se lo encontraban pescando su almuerzo, con su botella de caña y su tabaco. Alejado de todo y dando la sensación del disfrutar estar solo.

El “Bonito” Calimaris y el “Don Guillermo”

El “Bonito” era un ser agradable y bien sencillo, alto y flaco, de manos grandes y pies siempre desnudos. Estaba a la orden de quien quisiera preguntar.
Hablaba bajo y dejaba claro, en cada conversación, que estaba convencido de seguir ahí, al pie del cañón. Tenía la piel curtida por el sol, el viento y el salitre, tenía la voz cargada de paz y sin apuro.
Lo acompañaba el amargo, un cigarro armado y una caña “Velho Barreiro” siempre a mano que sin dudarlo fue su compañera y amiga de muchas noches.
Seguramente encontró su lugar en el mundo, su mundo y a su manera. Cuánta envidia deben de sentir muchos porque quizás ese hombre encontró la verdadera libertad.
Con varios años encima, el “Don Guillermo” comenzó a desmantelarse por la sal, el agua y el viento, ya era peligroso seguir allí adentro.
Mientras el tiempo se comía al navío, el mismo tiempo debilitaba al “Bonito”, era como que iban de la mano.
La gente del lugar pensó que ahora sí dejaría su puesto de cuidador en vano del barco, pero no, para sorpresa de todos, él no se fue, seguía comprometido con ese pedazo de fierro viejo. Lejos estaba la idea de partir de su lado y construyó un rancho frente a los restos del naufragio.
El chamizo era de madera, lo más parecido a un mono ambiente aunque más chico, tenía un camastro en un costado donde dormía, una mesadita en donde se apoyaba el primus, una ollita, una caldera, un farol a queroseno y una botella llena de agua sustraída del manantial de las dunas era, seguramente, todo lo que poseía.
Era de dos puertas, una miraba hacia el barco, la otra hacia el Cerro de la Buena Vista y una ventana enmarcaba el Cabo Polonio pareciendo un hermoso cuadro.
El rancho reflejaba mucho del “Bonito”, era simple y rústico, porfiado y acogedor.
Nunca le faltaba queroseno, fósforos, caña, yerba y tabaco.
-El resto me lo trae el mar- decía.

Él se levantaba con el nacimiento del sol, a lo primero que atinaba era a mirar hacia donde estaba el “Don Guillermo”, como para asegurarse de que estaba todo bien.
Se calentaba agua para el mate, comía alguna galleta de varios días a la que untaba algún dulce que había podido comprar en su ida a Castillos.
Se armaba un tabaco y se quedaba rato admirando las olas acariciar los restos del navío mientras se cebaba mate acompañado del silencio.
Después de esa rutina tiraba un aparejo con el que siempre sacaba pesca para el día.
Algunas tardes se arrimaba al Cabo y se acodaba al mostrador del almacén donde fraternizaba con amigos. Muchas eran las changas que le salían y aprovechaba para comprar sus víveres.
Antes de la caída del sol regresaba a su lugar frente al océano cuidando aquel viejo amigo que nunca más flotó.
Se fue adentrando la década del ochenta, ya habían pasado treinta años de que le encomendaron la tarea de cuidar al barco y no había nadie que realmente comprendiera del por qué seguía ahí, del por qué fue tan leal a un montón de óxido. Yo creo que cuando el tiempo pasa las cosas dejan de ser cosas y son parte de uno, de la vida de uno, el “Bonito” pasó más de tres décadas cuidándolo, conviviendo con él; se sintió responsable tanto que su tarea pasó a ser su vida simplemente por elección.
Vaya a saber uno cuantas conversaciones tubo mano a mano con su buque, cuantos sueños le confesó, cuantos deseos le contó, cuantas tristezas le manifestó.

Tan grande fue el lazo entre ellos dos, que por el ´83 el “Bonito” se enfermó y tomó la decisión más dura que nunca hubiera querido tomar, retirarse de su lado, partió a Castillos para no regresar.
El “Don Guillermo”, en un acto misterioso, terminó de corroerse a grandes pasos cuando el “Bonito” ya no estuvo frente a él, es como que aceleró el proceso.
Quizás no aguantó tanta soledad invadiéndose de tristeza y desapareció entre la arena y el mar.
Dejaron traslucir que el uno se necesitaba del otro, era un ida y vuelta, un misterio que quedó sin resolver.
El rancho aguantó algún año más, sirvió de refugio para los mochileros que venían o iban al Cabo.
Algunos lo usaban porque los encontraba la oscuridad, otros porque los atacaba la lluvia o el viento y otros tantos por el simple hecho de tener el placer de hacerlo.
Pasaban la noche al resguardo de las chapas y las maderas que el gran “Bonito” Calimaris alguna vez convirtió en su hogar.
Dicen que el día que el “Bonito” se fue, éste ya sabía que no regresaría y con esfuerzo, por su poca escuela, escribió en una de las paredes del rancho: “Te invito a que lo dejes como lo encontraste…” Llenó el tanque del primus con queroseno, envolvió los fósforos en una bolsa para que no los encuentre la humedad, dejó en la mesa una lata de sardinas Coqueiro, una mitad de botella de aceite, una bolsa con arroz y una damajuana llena de agua. El chamizo tendido, el ranchito aseado y partió…

El sol se desangraba en la Laguna y ya era hora de irnos, no habíamos pescado nada y la bronca de Seba se dejaba ver, Mauri y yo lo gastábamos por todo lo que había alardeado. Cuando pasamos por el lugar exacto donde el rancho del “Bonito” estuvo alguna vez, los tres nos detuvimos y quedamos callados mirando el mar, quizás fue para mostrarles respeto o un simple homenaje a aquel hombre libre y a su amigo el “Don Guillermo”.


El “Bonito” Calimaris y el “Don Guillermo”



AGREGAMOS A ESTE ARTÍCULO ESTAS EXCELENTES FOTOS DE EL BONITO Y SU RANCHO. COLABORACIÓN DE ALFREDO QUINTERO.

El “Bonito” Calimaris y el “Don Guillermo”



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