El último viaje de Gastambide
El último viaje de Gastambide

En otros tiempos, no muy lejanos, cuando ningún ómnibus de línea se animaba a enfrentar al camino y mucho menos a entrar en la Barra de Valizas, existía un viejo camión, que con mucho esfuerzo ayudaba al lugareño a trasladarse con su carga y le daba una gran aventura al viajero que con mochila en los hombros quería llegar hasta el mar.

El Vasco Gastambide con su Bedford era quien unía esa zona haciendo la línea de castillos hasta el embarcadero en el kilómetro 259 más o menos rumbo a La Paloma.

Entraba a Valizas con una condición, siempre y cuando el pasaje del bañado permita a su compañero de ruta, el Bedford, pasar.

Era un hombre grande, gordo, de unos 120Kg o quizás más, pelado, serio y de muy pocas palabras. Vestido siempre con una camisa blanca ya tirando a crema por los años, con un pantalón de vestir roído y viejo de un color ratón.

Sus pies los apoyaba en unas alpargatas ya bigotudas o en unas sandalias gastadas por el tiempo.

Viajaba solo en la cabina, aunque siempre a su costado, lo acompaña el silencio que lo caracterizaba. Salvo que algún conocido usara el servicio o la ocasión lo ameritara, se abría la puerta del acompañante invitando al pasajero a tener el honor de viajar al lado.

Tenía tres o cuatro viajes de ida y vuelta al día, el primero lo hacía desde Castillos, pueblo donde vivía. El punto de partida era el bar "Los Angelitos", frente por frente a donde fue por años la agencia de la Onda.

El último viaje de Gastambide


La hora de partida eran las siete y media de la mañana pero el vasco, ya desde la siete y diez, se acodaba al mostrador para tomar sus tres, a veces cuatro, medidas de grapa con limón. A la hora pactada se subía al camión; la gente entre pedregullo y Portland, entre tarros de leche recién ordeñada y algún cordero maniatado, entre alguna gallina y algún gallo alborotado, se acomodaban en los bancos largos.

Así arrancaba el viaje, iba levantando y dejando pasaje por el camino, nunca sobrepasaba los cuarenta kilómetros por hora y entre paradas y subidas el viaje duraba una hora y media, quizás un poco más. Entre la salida y la llegada apenas completaba algo más de treinta kilómetros. Cuando se metía a Valizas, siempre y cuando el pasaje del bañado le permitiera pasar, iba hasta casi el final de la principal, hasta lo de Margarita y el Bocha que le hacían de agencia en el pueblo. Era un almacén que oficiaba como tal y al mismo tiempo como bar, en ese mismo lugar hoy por hoy se encuentra el "Mac Yiye" en invierno y “La Fraterna” en temporada de verano. Llegaba, descendía la gente abonándole el viaje (se le pagaba al bajar, no al subir, mañas del Vasco). Por supuesto que tenía su par de grapas servidas esperándolo y él siempre deseoso de calmar su sed de alcohol.

Se quedaba unos diez o quince minutos. Ahí charlaba con el Bocha y algún otro parroquiano amurado al mostrador. Levantaba pedidos de farmacia, de carne (por no existir carnicería en la Barra) y otros pedidos de cualquier índole como queroseno.

En el Bedford venían cargadas o iban para ser llenadas en Castillos las garrafas de gas, iban y venían cartas, encomiendas, llegaban las galletas de campaña para los almacenes del pueblo provenientes de la "Panificadora 33".

Cualquier necesidad del pueblo, cualquier cosa, no importaba que, la gente se le acercaba y le iba dejando sus esquelitas con los pedidos, porque todo se le pedía al Vasco, todo se le encargaba, todo se mandaba por él.

En el año 1977, Cafrune (así se le bautizó tiempo después en la Barra por su parecido con el cantor popular argentino), se tomaba en la parada de Avenida Italia y Felipe Cardozo (hoy Zum Felde) en la esquina del Parque Rivera, el ómnibus número 108 de Cutcsa con destino Aduana (ya hace años que no existe).

Eran como las diez y media de una noche estrellada en un enero hermoso, se dirigía hacia la plaza Cagancha, lugar donde se encontraría con sus dos compañeros de aventura y de donde salía hacia todo el país la emblemática empresa de ómnibus Onda.

Hacía calor en Montevideo así que una ropa ligera lo ayudaba a sentirse un poco más fresco.

Una vez en el lugar compartió saludos con sus dos amigos de que lo estaban esperando. Sacó de su matera termo y mate para tratar de que se haga más corto el tiempo de espera y apaciguar las ansias que sentían.

Las mochilas, tan distintas a las de hoy, estaban repletas, ya nada les entraba y por ende, pesaban un disparate.

Los sobres de dormir se apretaban entre la ropa y el broche que cierra las mochilas.

Una olla tiznada y una tropera en las mismas condiciones colgaban de los costados de una de ellas y una vieja carpa canadiense se hacía debajo del brazo de uno de los aventureros que rezongaba en lo bajo por lo que le tocaba llevar.

La Onda salía a eso de medianoche con destino al Chuy, entrando por casi todos los pueblos de la Ruta 9. Eran sus primeras vacaciones en el departamento de Rocha y su destino era Cabo Polonio, su objetivo, no importaba cómo, era llegar.

Cafrune tenía 20 años, era el más chico de los tres pero el designado para la responsable tarea de guiar a sus compañeros hasta el lugar, no por haber ido, porque jamás había pisado ese lejano poblado, si no, por ser quien se había ocupado de recoger la información necesaria con personas que si habían visitado el Cabo.

Le habían dicho que se tomara la Onda hasta el pueblo de Castillos. Que al llegar, cruzara al frente de la agencia de dicha empresa donde se iba a encontrar un bar llamado "Los Angelitos" y ahí, que esperara la llegada de un camión Bedford, de color medio marrón claro, con una media lona en la parte de atrás, manejado por un hombre gordo que le decían "El Vasco Gastambide"; que le diga que van para la Barra de Valizas y una vez en la Barra que caminen unos 8 Km por las dunas hasta toparse con Cabo Polonio.

El ómnibus, un viejo GMC, llego a media noche en punto con su particular rugido, el freno de aire hizo también su sonido característico y el guarda se dispuso a acomodar en las bodegas el equipaje de los usuarios. Les tocó el turno a los muchachos y el guarda les pregunta en donde se bajaban, los dos amigos, que no tenían ni la más pálida idea, miraron a Cafrune que respondió imponiendo un tono de voz importante "-En Castillos por favor"-, dando así comienzo a la aventura.

Después de cinco horas y pico de un viaje que se les hizo eterno, el guarda anunció el tan esperado destino. Eran cinco y media de la mañana, todavía de noche, en un pueblo que muy despacio comenzaba a despertar.

Cafrune tomó su mochila y siguiendo las indicaciones que le habían dado les da las órdenes a sus amigos de cruzar al bar, era ya de saber que éste iba a estar cerrado, les urgía calentar agua “pa´l mate” y preguntar por el famoso Gastambide.

Se recuestan contra un costado y se disponen a esperar. Entre bostezos y un brutal silencio se hace el día y ni un minuto mas de las siete, abre el bar. Cafrune, da un par de minutos para que el propietario y sus empleados se acomoden y entra anunciándose con la frase de "buen día". Con tono amable le pide a uno de los que estaba detrás del mostrador agua caliente y se acomoda para esperar el servicio.

Eran ya las siete y diez y un camión Bedford igualito a como se lo había imaginado en su cabeza, estaciona frente a la puerta del bar, llegaba el Gastambide ante la mirada de Cafrune.

Entra, el cantinero automáticamente y sin que éste diga nada le estaba sirviendo la primera medida de grapa con limón.

Con la llegada del Vasco la gente que necesitaba del servicio comienza a arrimarse hasta el costado del camión.

Nadie lo apuraba, todos sabían que tenía que terminar su ritual y después, solo después, se subían a su camión para arrancar el primer viaje del día.

Para los tres amigos era una escena muy pintoresca y folclórica por estar acostumbrados a la gran ciudad. Cafrune aprovecha el momento de mostrador y se le acerca un poco tímido al hombre y le dice que tenían que llegar a Barra de Valizas, que le habían dicho que él hacia los viajes hasta adentro mismo del lugar y si los podría llevar… Éste lo mira y con el codo apoyado en el mármol, se toma el último sorbo de lo que sería su penúltima grapa y le contesta en forma pausada:

"-Si el pasaje del bañado me deja, no hay problema mijo". Cafrune no entendió mucho lo del pasaje del bañado pero supuso que no tenía otra que subir al camión.

Ya eran siete y media y el Vasco se sube a la cabina de su compañero. La gente lo sigue, trepando en la parte de atrás por una escalerita de hierro. Los tres compañeros notaron que nadie pagaba así que fue uno hasta la ventana del chofer con la intención de asesorarse y abonar el viaje de los tres, pero se negó diciendo que cuando se bajen les cobraba.

El camión estaba lleno de personas que por trabajo o para ver amigos o familiares lo usaban como único medio de transporte, estaban apretados en los largos bancos.

Entre sus pies había bolsas de Portland, al final un lotecito de ladrillos; entre la gente tres perros, una bolsa de cincuenta kilos de harina y arrinconados entre todo eso y las mochilas iban los tres forasteros tomando mate en silencio.

Siguió cargando gente en las primeras cuadras de la salida y el trébol de castillos.

Eran tantos, que el Vasco se baja, va hacia atrás y mirando a Cafrune, que era el que estaba más a mano, le dice que se pase para adelante. Éste accede sin preguntar.

Arranca el Bedford. Cruza enseguida la Ruta 9 tomando la 16 y agarra la primera de las muchas bajadas.

Ante la mirada asombrada y espantada del capitalino, el hombre se calza en su panza hinchada el volante y sacando el cambio deja ir el camión al mismo tiempo que cierra los ojos quedando dormido. En la cabeza de Cafrune no cabía otra cosa de que su aventura al Cabo quedaría truncada y que en cualquier momento se iba de la ruta volcando el camión y con él, todos los cristianos que hacían de carga. Se agarra bien fuerte apoyando la palma de la mano en el techo como amortiguando un supuesto siniestro y para más asombro del forastero, el camión seguía derecho como seguro de saber el camino, como matungo de campaña que ante el mal estado de su jinete se dirige solo a la casa.

Al final de esa primera bajada se venía una subida empinada. El Vasco entreabre los ojos, engrana nuevamente el cambio, trepa el repecho y la misma historia se repite con cada bajada y subida de la ruta. El hombre hacia gran parte del viaje con los ojos cerrados literalmente hablando.

Ya hacia un rato que habían salido de Castillos, de repente doblan a su izquierda en un camino que parecía de estancia. Era la entrada a la Barra pero no estaba señalizada de ninguna manera. Cuando comienzan a adentrarse el camión comenzó un bailoteo constante debido al mal estado por la lluvia de días anteriores.

Al llegar al pasaje del bañado estaba con algo de agua, el Vasco frena el Bedford y con la frase de "-Bueno, si quieren entrar a la Barra se tienen que bajar a empujar si no, acá se quedan…"- y ahí es que Cafrune comprende lo que ese hombre le dijo en el bar.

Se veía difícil de poder cruzar. La gente sin chistar se bajó, los hombres se remangaron los pantalones y a empujar. Un gran nubarrón los venía siguiendo y anunciaba agua. Cafrune y sus dos amigos copiaron la actitud de los demás, las mujeres se quedaron a cargo de los pocos gurises que viajaban.

Uno de los tres forasteros resbala por lo barroso del terreno y cae totalmente de cabeza generando una carcajada masiva de los lugareños y de Gastambide que por el espejo había visto la escena. Cruzan con éxito el pasaje del bañado y siguen hasta la Barra.

Baja a los tres jóvenes frente a "El zorzal", otro viejo almacén atendido por una señora veterana.

Estos le abonan y le agradecen. Él que les explica como tienen que hacer para llegar hasta el arroyo y poder tomar las dunas. Le vuelven a agradecer y comienza a alejarse pero antes, el hombre con postura seria, se dirige al poco afortunado amigo que trataba de sacarse el barro de todo el cuerpo y deja salir de su boca -“sécate muchacho, no sea cosa que te paspes en la caminata hasta el Polonio"-…y la risa de todos volvió a surgir.

  El progreso fue “matando" al Vasco y a su compañero, el Bedford. La gente fue exigiendo más confort y agilidad en el viaje.

Se fue haciendo innecesario su servicio, sus andanzas por el camino y su tan larga trayectoria, dicen que bastante más de dos décadas. Pasó a la historia de un lugar que sigue su marcha al avance del a veces mal llamado “progreso”.

Los lugares van cambiando con el tiempo, se van trasformando de lo que alguna vez fueron en un principio, muchos van olvidando como surgieron y ahí es donde se desvirtúa la cosa, porque si no se tiene presente de donde venís, con seguridad no sabrás a dónde vas.

Fue llegando el fin del Siglo XX, comienzan a aparecer más turistas a Valizas y por ende los repartidores de pan, de bebidas, de lácteos se dieron cuenta de que ahora sí era rentable entrar hasta el pueblo y se hizo innecesario que esas cosas las trajera el Vasco.

Cuando se empezaron a cargar las garrafas en la misma Barra y la gente dejó de usarlo de pasamano, fue apagándose el servicio que prestaba.

Cuando la primer carnicería que abrió el famoso “Francés” mucho antes de ser dueño de la flota de jeep que llevaban al turista hasta el Polonio, ya la gente dejó de esperarlo en lo de "El Bocha" con su esquelita pronta de letra clara con los cortes de carne que deseaban de Castillos.

Cuando Rutas Del Sol ve provechoso llegar a Valizas y aparte de los viajantes trae consigo las encomiendas, las cartas, giros de dinero, va provocando que el Gastambide entre sus idas y vueltas vea a sus bancos largos cada vez más vacíos.

El Vasco Gastambide se extingue por fuerza del avance de la civilización que va llegando al pueblo de la Barra de Valizas. Se fue haciendo a un costado sin poder hacer nada por seguir. Un día se dio cuenta de que ya era hora y decide retirarse dejando el servicio. Pero la gente del lugar que lo quería mucho, no pudo dejar que fuera un retiro que pasara desapercibido así no más. Le hicieron lo que algunos llamaron una procesión.

Fue en la Barra, en marzo, el mismo día que empezaban las clases.

Una comisión de vecinos le hace el homenaje con su presencia.

La procesión fue seguida por unas ochenta personas, la mayoría eran del lugar porque ya eran muy pocos los turistas que todavía quedaban en la Barra por esos días de marzo.

Él marchaba abrazado de sus dos compañeros, Margarita y el Bocha, salieron de lo que fue su agencia siguiendo todos por la calle principal y terminando en la puerta de la Escuela…en la misma calle que hoy lleva su nombre.

Ahí se le entrega un papiro con una leyenda simbólica a lo que significó su trabajo, algún niño le da en la mano un dibujo suyo montado a su compañero, el Bedford.

Se dicen unas palabras recordando sus tantos años al servicio de la gente y ante la mirada de esas ochenta personas notoriamente emocionadas, se desata un espontáneo aplauso que, según dicen, duró un lindo rato.

La gente lo recuerda como un hombre gaucho de buen corazón, solidario y noble por excelencia. Jamás dejo a nadie a pie. Por más que en ese momento no tuviera para pagarle igual les hacia lugar en el Bedford y después arreglaban.

Cuentan algunos, políticamente de izquierda que, a pesar de que el Gastambide fuera de derecha y de Pacheco, a tal extremo que portaba una foto del líder en su parte de la cabina del camión, jamás hizo una discriminación al respecto, nunca un problema o una cara fea y como dicen los lugareños "nunca nos dejó a pata". Muchos, seguramente hasta hoy, le deban algún gran favor al vasco Gastambide.

Para el asombro de todos, durante todos esos años de trabajo realizando la línea, jamás tuvo un accidente. Algunos dicen que su compañero, su viejo camión, tenía vida propia; que cuando él no respondía, éste se iba solito y derechito. Otros cuentan que fueron tantos años recorriendo la misma ruta que la podía hacer, literalmente hablando, con los ojos cerrados.

El tiempo pasó, Anibal Gastambide ya hace años que no está. Se dice que se fue a su Minas natal a terminar sus días.

Seguramente para muchos nada fue igual desde que el último viaje tuvo su final.

Quizás esos tantos lugareños lo extrañen en silencio y alguna vez la imaginación les juegue mal creyendo por un segundo que lo ven o lo escuchan pasar por la principal calle de Valizas.

Se frotan los ojos y claro está, se dan cuenta que es imposible, pero una gota de nostalgia les recorre las venas con el deseo de ver al Bedford por las calles de la Barra solo una vez más.

Aunque seguramente sean el camino, que él tanto transitó, y las palmeras bicentenarias de butiá que están por todo su costado, que sienten más la nostalgia. Que ya cansadas de ver a esas grandes maquinas con forma de camión y de ómnibus avanzando a gran velocidad dejando un zumbido en su rápido andar y seguramente ignorantes de la existencia de quien fue alguna vez el "Rey" de esa ruta.

Si, seguramente sean las palmeras y el camino quien más extrañen el pasar del Vasco Gastambide con su lenta marcha de viejo camión. Surcando por entre las lluvias, el calor y el frío del día a día de invierno o verano, con su mirada dormida, su panza abultada aguantando el volante y siempre con su meta de llegar.



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