La leyenda del monte de ombúes, Dedicado a Mirta Birriel Cal
La leyenda del monte de ombúes,
Dedicado a Mirta Birriel Cal

Una vez mi abuela me conto que a orillas de la laguna de Castillos, en el corazón del monte de ombúes. Se esconde la más hermosa de las leyendas. Se dice que si te sientas en los pies del ombú más viejo que hay en esa tierra, éste sacara de lo más profundo de tu alma el recuerdo más feliz que tengas de tu niñez y que por arte de magia te lo pondrá frente a tus ojos y te regalara vivirlo otra vez...

La mañana había amanecido tiznada.
Sobre el cielo las nubes constituidas, se desparramaban cambiando de formas e iban anunciando que pronto se descolgarían lloviznas.
Sería un día de tortas fritas y mates porque el sol en esta jornada no se iba mostrar.
Me levanté a eso de las ocho de la mañana, lavé mi cara y fui a calentar agua.
Mientras esperaba me dispuse a hinchar la yerba para comenzar a amarguear.
Yo esperaba que fueran las nueve menos cuarto para ir a buscar a un amigo que vive por el pueblito de los pescadores, en la rivera del arroyo Valizas.
Armé la mochila, le puse fruta, un paquete de galletas, abrigo, una botella de dos litros de agua y enseguida se me hizo la hora marcada. Me apure en echarle aire a la bicicleta y comencé a darle pedal a la catramina oxidada arranqué por la callecita del costado de casa de mi abuela rumbo al arroyo.
La mañana estaba tranquila, las casas aún cerradas mostraban que lo feo del día invitaba más a dormir que a otra cosa. Algunos pescadores aficionados bajaban hasta la playa a probar suerte con sus cañas.
Los perros revolvían bolsas con restos de comida y se alejaban con el botín para saborearlo a escondidas.
Llegué a la casa de mi amigo, al golpear las manos enseguida salió.
Salimos por la callecita que se junta con la principal al lado de la comisaria.
El bañado casi seco juntaba pájaros en pila de diferentes colores. Llegando a la curva de “La Comarca”, un viejo casco de estancia abandonado casi llegando a la ruta y ya ahí, doblamos rumbo al cabo polonio.
La idea era llegar al puente del valizas e ir en kayak , que nos prestaba otro amigo, hasta el monte de ombúes.
Al ratito llegamos. Buscamos los remos que nos habían dejado en uno de los puestos de camarones y pescado. Dejamos las bicis y cambiamos los pedales de las mismas por los remos. El arroyo nos fue tragando, el murmullo de la ruta, la gente quedo atrás. Estábamos solos surcando una gran serpiente de agua.
Un absoluto silencio abundaba, salvo por el ruido de los remos cuando se introducían en el agua. El paseo iba bien. Algunas gotas se habían descolgado del cielo pero no importaba porque todo era hermoso, cada instante se disfrutaba, el arroyo se abría paso zigzagueando entre la pradera y sus dos orillas solitarias.
Al rato llegamos a la Laguna, era inmensa y nuestra vista se perdió por unos instantes.
Bandadas de pájaros la cruzaban en busca de comida. También era refugio de miles de aves que atravesaban continentes para llegar a su regazo.
Ahí nomas y como gigantes estaban los Ombúes, desparramados entre la orilla y la pradera testigos del tiempo. Paramos y subimos los kayak a tierra.
Mi amigo quedó mirando el monte, hace un silencio reflexivo y me comenta: -Acá estuvo escondido el último matrero ¿sabías?
Lo quedé mirando sorprendido y continuó mi asombro con una obvia pregunta:
-¿Martin Aquino?
A lo que me responde:-Si, mi abuelo siempre contaba con orgullo que lo conoció y compartió fogones acá, en este mismo lugar, a orillas de la Laguna mientras él se escondía. Mi abuelo decía que la policía lo buscaba pero que no sabía mucho porque, que era un buen hombre.
Saqué de la mochila el pan y fiambre, armé un par de refuerzos y nos quedamos callados comiendo.
Las variedades de pájaros cantaban diferentes melodías desde lo más profundo del monte, que con piso de tierra y con abundante color verde, le florecía un exuberante misterio.
Aquel se recostó a lo largo de un troco tirado bien a la orilla con el agua y yo comencé a caminar por los senderos, había árboles realmente grandes, uno en particular me llamó la atención.
Calculo que ni siete hombres en rueda, con los brazos estirados alcanzaban a abrazarlo, tenía pinta de tener muchísimos años.
Me introduje dentro de sus raíces que formaban como un túnel, tenía ramas larguísimas hacia sus costados y hacia arriba. Era anfitrión de varios nidos de distintas aves, los abrigaba y los protegía.
Me senté bajo su sombra, saqué de la mochila la botella con agua y la empiné sobre mi boca, tomé una manzana de varias que había traído y la disfruté rodeado de una paz infinita que se instaló a mi lado.
Una brisa fresca me trajo un dulce olor a butiá que nacía desde los palmares.
Mi cuerpo acomodado contra el tronco de aquel gigantesco árbol estaba relajado de verdad.

De pronto y sin más que un abrir y cerrar de ojos aparecí en la playa de Valizas, estaba amaneciendo y llevaba unas chancletas de un tamaño pequeño en mi mano, me miré los pies y eran como los de un niño de nueve años.
Quedé paralizado por un instante, no entendía nada, de repente mi abuela me gritaba: -¡Dale, no te quedes atrás!- y comprendí lo que estaba sucediendo. Era diciembre del año 1989. Yo troté y la agarré de la mano, caminamos rato viendo como se levantaba el sol y ella me contaba que este dormía entre las olas, que su esposa era la luna y las estrellas eran sus hijos.
Juntamos caparazones de caracoles marinos que se establecían en la orilla y yo le preguntaba por qué el caracol no estaba, me contestaba que el caparazón era su casa y que la dejaba para mudarse a una más grande y más linda.
Cruzamos el arroyo que apenas cubría nuestros pies, a los costados unos cangrejos Siri estaban patas para arriba por la fuerte corriente que los dio vuelta, los ayudamos a ponerse correctamente y se iban rápido, de costado y moviendo sus grandes y coloridas pinzas con una apariencia amenazante.
A media mañana subimos a la primera duna, a esa que siempre aparece en las fotos, nos quedamos vario rato en la cima.
Me contó que hacía mucho tiempo, cuando no había turistas y mucho menos hombres blancos en esta zona, los indios se sentaban en esta misma duna a meditar, que venían de otros lados, más allá del río Uruguay para ver el sol nacer desde este mismo lugar. Yo me sentía muy feliz, realmente estaba pasando bien.
Cuando comenzamos a bajar le pedí jugar una carrera y la vieja corrió sin avisar, no la pude alcanzar.
Me esperó al pie de la duna y cuando llegué nos abrazamos, se rió un rato y me pidió que cuando ella ya no esté y se vaya al cielo siempre recuerde esta mañana. Yo juré que sí. De pronto abrí los ojos y me di cuenta que me había quedado dormido, el asombro invadió todo mi ser. Pasaron unos instantes…-Mi abuela tenía razón- me dije.
-Este debe de ser el ombú más viejo del monte…la leyenda era cierta! -exclamé.
Me paré y caminé hasta donde estaba mi amigo, mi asombro era enorme pero mi rostro estaba sonriente y feliz por haber recordado ese amanecer junto a mi abuela materna.
Aquel tomaba mate mirando unos pájaros que pescaban en la laguna. No le comenté nada porque seguramente no me iba a creer y me iba a agarrar para el sarcasmo.
Pusimos en el agua las embarcaciones y remamos hasta el puente para regresar al pueblo, el cielo comenzó a despejarse y dejó ver lo celeste que estaba sobre lo gris de las nubes. En nuestras espaldas, el sol comenzaba a caer sobre la Laguna que parecía que se lo tragaba. A media luz llegamos a la Barra.
No pasaron ni cinco minutos de que abrí la puerta del rancho, que el sueño me abatió y me dormí profundamente aunque antes de cerrar los ojos recordé a mi abuela y esa hermosa mañana de diciembre del año 1989.



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