GILDO, UN VIEJO LOBO DE MAR
GILDO ROCHA, UN VIEJO LOBO DE MAR

Gildo Rocha nació por el año 1935 en el pueblo de Castillos. Un pueblito por la ruta 9, como quien va para la frontera con Brasil.
Un pueblo que quizás, o sin quizás, el tiempo no lo haya cambiado y siga parecido a ese que él se crio, donde dio sus primeros pasos, donde fue a la escuela y tuvo su primera novia.
A ese de antes de mitad de siglo, con poca gente, con poco lujo y desierto a la hora de la siesta.
De gurí, sin siquiera sombra de barba, trabajó en el campo, en las esquilas, en las estancias de la vuelta donde necesitaban, que por pocos pesos, alguien haga el laburo pesado. También estuvo en cosechas, en las ladrilleras, en todo lo que le permitía poder llevar un jornalito para su casa y así ir tirando el día a día dándole una mano a su madre.
Eran tiempos muy duros para ser niño, se hacían hombres a los golpes y de golpe, sin opción de elegir, sin tiempo para el juego, con muchas responsabilidades sobre los hombros desde muy pequeños.
En los escasos ratos libres, por lo general después de la jornada de trabajo, se juntaba con algunos amigos de la vuelta y aprovechaban esos valiosos minutos de sol que quedaban. Competían con el trompo en la tierrita de los baldíos que abundaban por esos años, jugaban a la bolita o hacían algún picadito en la canchita.
Eran momentos que esperaba con muchas ganas, quizás por ese placer de poder, por lo menos por un rato, ser un “niño“ aunque la verdad es que en esa época eran la minora los gurises que podían dedicarse simplemente a eso, a ser niños.



Gildo fue creciendo callado, casi nunca se quejaba. Era guapo para el trabajo, fiel a sus principios, orejano y respetado en el pueblo por ser honesto y metedor.
Fue por fines de 1955 y principios del 56 cuando se hizo pescador casi sin querer, por ese tiempo había conseguido trabajo en una ladrillera del pueblo. Era muy duro el oficio, todas las mañanas, después de unos mates con unas galletas con grasa, salía para la fábrica en silencio pero jamás resignado.
Uno de esos días de brisa suave y de clima ameno, regresaba pateando de la fábrica destino a su casa y en una esquina, casi llegando, se encuentra con su amigo Ventura Costa que le dice que justo tenía interés de conversar con él.
Le ofrece una especie de asociación, ir juntos a pescar a la Barra del arroyo de Valizas para vender lo logrado a la mar en castillos, Gildo titubea un poco, ya era un hombre de veintiún años, tenía varios oficios encima pero jamás el de pescador, es que aunque vivía a unos diez kilómetros de la playa, apenas conocía el océano pero la paga podía ser buena y cuando las ganas de progresar son fuertes los desafíos suelen ser aceptados así que le dice “y si, ¿por qué no?”.
Barra de Valizas, por esos años, era un rincón perdido a orillas del Atlántico, desolado, agreste y arisco pero todo eso lo hacía más hermosa y encandilaba los ojos de quien la viera. Pocos ranchos decoraban sus arenas, pocas huellas marcaban su playa y el verano era tan tranquilo y solitario como el invierno.
Así llegan estos dos hombres, con no mucho más que lo puesto y directo a hacer un rancho.
Eligen unas dunitas alejadas, al lado de donde fueron las cabinas de antel, al lado de donde hoy está la feria.
Levantan un aguantadero chico, básico, es que para que más y comienzan el desafío.
Era una época de mucho pescado, desde la costa y con herramientas caseras, sacaban hasta aburrirse lisas, corvinas, pejerreyes, bagres, cazón y alguna especie más que se colaba en la arrastrada.
El bote con el que contaban lo empujaban con dos remos y solo se usaba para el lance del camarón desde la boca del arroyo, el resto de las tareas se hacían a pie y con red de costa.
Después de que juntaban y limpiaban el pescado, el paso siguiente era venderlo en el pueblo de Castillos.
Pero antes tenían un obstáculo que a veces podía ser complicado, sacarlo de la Barra era todo un tema, no contaban con caballo ni mucho menos con un transporte a motor así que con una abundante voluntad y un esfuerzo gigantesco pateaban con la carga al hombro por un caminito apenas marcado que con el tiempo pasó a ser la principal.
A veces en el trayecto, el sol quemaba sus cabezas, otras el agua de la lluvia enfriaba sus cuerpos, pero la más brava era cuando el bañado les negaba el paso e igual le porfiaban metiéndose en la brea.
Avanzaban a pie hasta donde hoy está el casco de estancia conocido como “La Comarca”. Si la pesca había sido muy buena y no les daban los hombros, le pagaban a Don Aladino Veiga, carrero y mucho más en la zona, para que les sacara el pescado hasta el lugar antes citado.
Desde ahí arreglaban con Rogelio Fernández, dueño de una cachila y proveedor de leche del pueblo de Castillos, que aprovechaba sus viajes llevando y trayendo pasajeros, surtidos y lo que pudiera entrar en esa histórica máquina de cuatro ruedas que atropellaba el camino uniendo la costa con el pueblo.
Ya en Castillos el botín ganado al mar se repartía a pie y al grito de “¡Hay pescado fresco!” cambiaban la pesca por unos vintenes.
Pasaron unos meses de su llegada a la Barra; era el día 4 de agosto del año 1956, su amigo Ventura Acosta hace una chalana a medias con otro hombre de Castillos y así cambian la pesca desde las seguras arenas que bordeaban la costa por un nuevo desafío a unos sesenta y pico de kilómetros, casi llegando a Brasil, en Punta del Diablo, la pesca del tiburón.
Había que hacerse marinero desde cero en uno de los mares más peligrosos y traicioneros.
Leyendas de barcos devorados por las olas y un infierno que acechaba desde la profundidad eran historias de verdad con finales tristes, que se relataban entre cañas abutiasadas en los almacenes de ramos generales, en alguna churrasqueada, cuando tejían alguna red o simplemente el viento te contaba al pasar. Pero había que seguir progresando y de nuevo va por ganar el desafío.
Así fue que llegó Gildo a Punta Del Diablo, encontrando un lugar hermoso pero inundado de soledad, porque lejos estaba ese balneario que después resultó ser.

GILDO, UN VIEJO LOBO DE MAR

GILDO, UN VIEJO LOBO DE MAR

Personas como Castelar Olivera, Nicolás Acosta, Amílcar Olivera e Ignacio Fernández, que fue casi sin duda el primer poblador del pueblito de Punta del Diablo, hicieron más amena la recalada de Gildo.
Era un pueblo que solamente, en esos remotos años, vivía del mar.
Eran buenos tiempos para pescar, las chalanas regresaban repletas de tiburón, ya en la costa se limpiaba y fileteaba la carga; se salaba y se secaba al sol.
De esa aparente simple manufacturación, nacía el tiburón salado, mal llamado bacalao.
Para sacar el producto a la ruta había dos carreros que hacían el trabajo, con unos caballos flacos pero aguerridos, peleaban contra la arena por la huella marcada por viajes anteriores hasta la carretera donde un camión llenaba su caja y se llevaba el botín a la gran ciudad.
Gildo comenzó a realizar sus tareas como marinero primero y más adelante como capitán. Adquirió rápido la experiencia necesaria pero siempre fue respetuoso del mar.
Había visto grandes barcos naufragar, barcos hechos para cruzar el océano y dar la vuelta al mundo. Barcos hechos para la guerra y las peores olas, pero parecía que ninguno podía ganarle a estas costas cuando se encaprichaban con uno y por ende, su tan insignificante chalana podía ser tragada por las aguas en cualquier momento.
Transcurrió el tiempo y siguió acumulando experiencia, se desbordó de inconvenientes dentro y fuera del mar, inconvenientes que pudo soslayar continuando su trabajo duro y sacrificado de un verdadero hombre de mar.
Fue en fines de agosto de un ya lejano1968, cuando por la mañana salen al mar Gildo y sus dos compañeros. Montaron la barca de color celeste (por aquella época no se obligaba a los pescadores artesanales a pintar de naranja por norma las chalanas, quedando la elección del color al libre albedrio de los patrones).
El día los recibía con su mejor sonrisa, con brisa suave, el sol tibio, el agua clara y mansa.
Después de un rato llegan al lugar que por experiencia les daba más resultado para la pesca, apagan el motor y se disponen a calar. Al ratito almuerzan unos bifes de corvina a la marinera con galletas; ya saciados del hambre comienzan a pescar con sebo a ver qué suerte tenían.
La jornada fue pasando y los resultados de las tareas eran buenos.
Ya era la hora que se habían marcado para el regreso así que levantan el ancla y le dan arranque al motor para regresar a la costa pero este nada, se miraron preocupados y volvieron a intentar, pero nada. “¡A la maula!” exclama uno de los marineros y los rostros se desfiguraron.
Volvieron a arrojar el ancla por miedo a alejarse como otras tantas oportunidades que les había sucedido e intentaron muchas veces más el encendido, después de un rato se rindieron. El motor estaba muerto así que se recostaron en la pequeña cubierta a esperar si alguna de las demás barcas del pueblito se percataba y venia a buscarlos.
La noche se acercaba y los nervios comenzaron porque se dieron cuenta de que nadie vendría por ellos, por lo menos hasta que salga el sol.
Los pescadores se reprochaban el no haber traído ni remos ni vela.
-La confianza mato al gato- dijo Gildo.
La luna casi llena alumbraba la tranquilidad y oscuridad de las aguas de un mar que aparentaba dormir, estaban cerca de la costa así que comienzan hacer señales pero nadie las vio.
Ya era media noche cuando de la nada, un gran manto negro tapo la luna y descargó a baldazos el agua que se hacía en las bodegas del cielo.
Era la primera vez que una chalana se quedaba en el mar durante la noche y peor aún era la situación al haber tormenta. El viento se levantó en forma huracanada alzando las olas a una altura que jamás habían visto.
-Es Santa Rosa- gritó Gildo.
El ancla no dejaba que la chalana acompañe los movimientos del océano provocando que las olas le pasen por arriba, desesperados intentan levantarla pero estaba enterrada. No les quedó otra que cortar el cabo y ahora sí, quedaron a la deriva del infierno de los navegantes que se había despertado escupiendo su violencia contra los desamparados marineros. Se agarraron como pudieron temiendo terminar entre el borbollón del agua y así sus vidas. Pasaron la noche bajo la tempestad que no cesaba. El viento estaba descontrolado y la temperatura bajaba a cada minuto.
La madrugada fue avanzando y es obvio que no pegaron un ojo y el nuevo día apareció amaneciendo sin sol a la vista. No se diferenciaba el mar del cielo porque el gris predominaba a su alrededor; la lluvia seguía cayendo en gotas gruesas y sin miras de parar.
No sabían bien por donde estaban, si la corriente los llevaba a alta mar o quién sabe a dónde, de pronto un sonido a motor rompió con el monótono rugido de la tormenta y un avión se dejó ver a media altura, los estaban buscando. Pasó y volvió a pasar pero nada, simplemente no los vio y al rato lo vieron alejarse, los tres hombres con Gildo a la cabeza se sintieron más solos que nunca, ahora sí, abandonados en un inmenso mar porque seguramente ya habían sido dados por muertos.
Pasaron tres días de la misma forma, sin comida, sin abrigo, mojados y con la hipotermia amenazándolos a cada instante; retorcían la ropa y se la volvían a poner dejándoles una sensación como si estuviese calentita.
Bebían el agua de la lluvia que corría por el techo de la casilla y la impresión de que la chalana se hunda era una constante.
Las noches eran de terror. No se veía más allá de la punta de la nariz, era como tener un gran pizarrón negro en la cara.
Se abrazaban para poder darse algo de calor pero lo peor era el no saber cuándo esto iba a terminar y cómo.
En varios momentos escucharon a la muerte deambular en la chalana.
Amaneció el cuarto día, Gildo y sus compañeros ya estaban a punto de rendirse, no tenían fuerzas.
Su barquito estaba mal herido, quizás era cuestión de poco rato para que llegue el final que las circunstancias anunciaban.
De pronto una esperanza se encendió y la silueta de la costa se dejo ver ante los ojos de los mal trechos marineros.
Las horas pasaron mientras veían como la corriente generosa los arrimaba a la orilla en donde una gran ola los escupió dándoles el último empujón hasta la arena.
-¡Nos perdonó, nos perdonó!- gritaba Gildo, saltando, plagado de alegría sobre tierra firme.
No sabían a donde habían desembarcado aunque ahora eso poco importaba, es que vieron en esos días cómo la muerte rondaba entre el color a plomo del cielo y las gigantescas olas que los amenazaban. Vieron cómo se sentó entre ellos y disfrutaba con el sufrimiento que padecían y con la incertidumbre de no saber si verían el próximo día. Quién sabe por qué no se los llevó porque era más fácil morir que salvarse en ese infierno de tormentas enfurecidas que escupían viento y agua tirándoles a matar a cada segundo.
Pero allí estaban esos tres hombres, con poca y a la vez mucha suerte resucitando de entre la muerte que ya había sido anunciada en los noticieros de las radios y periódicos de todo el país.
A pocos metros hacia su derecha y castigada por el temporal, vieron una choza construida por recolectores de almejas, con totora y madera recogida de la playa.
Se meten en su resguardo muertos de frío, la lluvia había cesado pero el viento pegaba fuerte en los congelados cuerpos.
Con la batería del motor de la barca provocan chispas y logran prender fuego, se sacan la ropa y se juntan para darse más calor; cuelgan los trapos que chorreaban agua sobre unos palos y así secarlos.
La tarde estaba culminando en ese sitio desconocido por los tres compañeros, la oscuridad se acercaba a pasos ligeros.
No había transcurrido tanto tiempo del desembarco cuando comienzan a escuchar el ruido que provoca un caballo al trotar, salen de la choza y ven a un gurí montado.
Le salen al cruce pidiéndole ayuda y éste se asusta al ver tres hombres desnudos en plena tormenta y sale al galope arremetiendo por la orilla.
Se vuelven a meter para calentarse frente a la fogata pero de nuevo vuelven a sentir el trote pero esta vez son más de uno. El gurí venía con otro hombre más veterano.
Se arriman y éste les confirma sus sospechas, que estaban en Brasil, le piden ayuda, a lo que el hombre los guía hasta el destacamento de la prefectura brasileña en donde estaba el faro llamado “El Borbón” que se situaba a unos diez kilómetros de donde estaban ahora.
Después de caminar un rato el enorme faro se levantó frente a ellos de golpe.
Algunas cabañas rodeaban en forma de herradura su espalda, eran de cuatro aguas, muy comunes por las playas brasileñas. Se apoyaban en pilares dejando espacio entre la arena y el piso como para que en las crecidas el agua no las alcance.
Los guías se despidieron, pues los últimos rayos de luz se extinguían en la recién comenzada noche y tenían que volver a la estancia donde trabajaban.
En seguida, entre los ladridos de los perros, vinieron los fareros. Les dieron abrigo, agua caliente y comida.
Ya sabían quiénes eran porque la noticia había pasado fronteras.
-¡Es un milagro!- les repetía el encargado principal de la dependencia cuando Gildo, en portuñol, le contó la historia y más aun cuando le resaltó que la chalana con la que navegaban y quedaron a la deriva por unos cuantos días, medía menos de siete metros.
Gildo le respondía: -¡El mar nos perdonó!.
Esa noche durmieron calentitos y tranquilos, sabían que pronto estarían de vuelta en Punta del Diablo.
Al otro día, a mitad de la mañana una camioneta oficial de la Naval brasileña vino a buscarlos, también el Cónsul uruguayo concurrió hasta el faro.
Los trasladaron hasta el Chuy, el pueblo fronterizo.
Enseguida los dirigen a una policlínica para ser examinados y constatar que todo estuviera bien. Mientras, en esos momentos, llegó a Rocha la noticia de que habían aparecido con vida en costas brasileñas los tres pescadores desaparecidos durante el temporal de Santa Rosa.
Difusora Rochense enseguida sacó al aire la tan milagrosa noticia diciendo que los náufragos se hacían en el Chuy y estaban siendo revisados por los médicos y se provocó un gran revuelo en el mismo pueblo al escuchar la noticia. La gente no tardó en amontonarse frente a la policlínica, casi todos los habitantes de esa frontera esperaron a que salgan los tres hombres.
Éstos, ignoraban lo que estaba pasando fuera de la policlínica, sorprendiéndose a la salida por tanta gente que los aplaudía.
Pronto fueron regresados a su pueblo que los esperaba ansioso de volver a verlos.
Los abrazos volvieron a ser eternos, la sensación de recuperarlos provocaba emoción y la alegría fue general trasladándose hasta la madrugada entre cañas y licor de butiá. Es que ya estaban dados por muertos y sus amigos solo esperaban que el mar, por lo menos, devuelva sus cuerpos.
Pasados los días volvieron por la chalana; el pueblo entero había hecho una colecta para contratar un camión y así traer a quien aguantó el temporal y la ira del mar.
Cuando llegaron hasta donde habían desembarcado, ella estaba ahí, como esperando a que vinieran. Despintada y con heridas pero parecía que sonreía de contenta de ver que habían regresado a buscarla.
La cargaron entre todos los que habían ido desde Uruguay. La ataron bien y rumbearon por la playa hasta el camino que los llevaba a la ruta.
Al rato pasaron la aduana y continuaron por ruta nueve con destino a la playa de La Fortaleza en Santa Teresa.
Punta del Diablo aun no tenía entrada como para que un camión pudiera llegar hasta la costa y la chalana se quedo ahí, de nuevo sola; pero a los pocos días le trajeron otro motor, pintura, madera para repararla y así de vuelta meterla en busca del tiburón surcando el océano Atlántico y calando las redes tejidas por los pescadores de las costas de Rocha que a esfuerzo puro se ganan la vida.
Los otros dos hombres que acompañaron a Gildo juraron nunca más meterse en el mar y buscaron otro sustento. Gildo no, descubrió que había nacido para eso y siguió pescando por muchísimos años más.
Varios desencuentros siguió teniendo con el infierno de los navegantes, mas pruebas tuvo que pasar hasta que un día su pesca fue tranquila, amena y abundante.
Sus amigos y colegas dicen que se ganó el respeto del mismo mar.
Punta del Diablo lo vio envejecer pero el turismo voraz lo hizo alejarse regresando a Valizas.

Al tiempo este hombre abandonó el océano y regresó a su pueblo de Castillos, cambió de oficio y sumó a su larga lista ser apicultor.
Ya con sus ocho décadas la sigue luchando como lo hizo toda su vida, como lo hizo en las ladrilleras o en las esquilas, como lo hizo levantando redes día tras día. Porque así fue y es la vida de Gildo Rocha, un viejo lobo de mar



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